Una estrategia en bloque contra la OEA

Libres en Movimiento

1. Aug. 2021

Bajo la obsoleta premisa que apela a sus miedos y sentimientos más primarios contra el ‘imperialismo’, que es, al fin y al cabo, el torpe pretexto de siempre, ponen en evidencia sus verdaderos intereses.

Cuando Hugo Chávez asume el poder el año 1999 en Venezuela, tenía claro que las pretensiones del régimen autoritario que pondría en marcha debían orientarse, incluso, más allá de las fronteras del país caribeño. Entendía perfectamente que de eso dependía su influencia geopolítica y su posicionamiento estratégico en el continente para el éxito de su proyecto a largo plazo.

Si bien Venezuela es un Estado que geográficamente se encuentra en una ubicación complicada (en la zona baja del Caribe y alejada en la frontera norte de la región sudamericana) y cuya extensión es limitada en referencia a los países de la región (Brasil es un gigante en el Sur y México en el Norte), Chávez comprendió que era esencial reemplazar sus limitaciones territoriales por su influencia ideológica, material y económica en los demás países del entorno.

Pero aquella estrategia no fue nueva ni el inspirador fue propiamente Hugo Chávez. La planificación de la influencia política en territorios externos se practicó con intensidad durante de la Guerra Fría y fue aprendida cabalmente por Fidel Castro. En parte, ese es el objetivo de la creación de grupos ideológicamente afines como el Grupo de Puebla o el Foro de Sao Paulo: estos grupos acogen a sus líderes y novicios para que accedan al poder y a partir de entonces ejecutar sus planes de gobierno bajo la tutela de un solo eje o dirección. Si no es posible acceder al poder la desestabilización constante, la batalla por el relato y la presión sin descanso son la alternativa.

Junto a Chávez, los años siguientes asumieron el poder otros mandatarios cercanos al régimen castrista de Cuba como Lula Da Silva en Brasil (2003), Néstor Kirchner en Argentina (2003), Evo Morales en Bolivia (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007), Daniel Ortega en Nicaragua (2007) y otros aliados más endebles como Michel Bachelet o José Mujica.

Una vez conquistado el poder por el eje del Socialismo del Siglo XXI de corte latinoamericano, retenerlo era la primera premisa. Sin embargo, para ello no solo era indispensable modificar Constituciones, instalar relatos y comprar voluntades a cualquier precio, estos gobiernos tenían que fortalecer su resistencia y unificar su influencia bajo una fórmula que los aglutine.

Para ello, crearon la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Estas organizaciones representan el fracaso abrumador de la política internacional caribeña del eje La Habana-Caracas en el continente.

Hoy, con un tablero político similar en la región pretenden menoscabar a la Organización de Estados Americanos (OEA) y regresan voces alegando su inutilidad para el continente y apelando a viejas opciones que funcionen en favor de los regímenes vigentes en el continente:

López Obrador, presidente de México: “En ese espíritu no debe descartarse la sustitución de la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie, sino mediador, a petición y aceptación de las partes en conflicto”

Alberto Fernández, presidente de Argentina: “La OEA tal como está no sirve (…) es un escuadrón que avanza sobre los gobiernos populares de América Latina”

Luis Arce, el presidente boliviano en la sombra: “El presidente de México, López Obrador, ha hecho una propuesta sobre la Organización de Estados Americanos (OEA) que no deberíamos desechar. Hemos visto cómo se ha comportado la OEA con nuestros países y debemos poner un alto a esos abusos”

Bajo la obsoleta premisa que apela a sus miedos y sentimientos más primarios contra el ‘imperialismo’, que es, al fin y al cabo, el torpe pretexto de siempre, ponen en evidencia sus verdaderos intereses: no es que la OEA no funcione adecuadamente, no funciona para sus propios beneficios e intereses, esto es, autoritarismo, perpetuación en el poder, menoscabo de las libertades y control de las voluntades más allá de sus propias fronteras.